Introducción de Dara

Dara siempre había sido una persona aparentemente tranquila aunque como solía decirle su abuelo: las preocupaciones iban por dentro. En su caso era así. Los nervios se habían ido a meterse en su estómago y no había forma de que pudiera sacarlos. Y mira que había intentado maneras diferentes para conseguirlo. La tila era algo que no la hacía nada y el ejercicio físico sólo la había dejado agotada, pero nada más.Sus uñas habían sido las que habían terminado sufriendo las consecuencias, para no variar. Pocas veces conseguía que estuvieran largas.

Y allí estaba esa sonrisa que aparecía cuando se ponía nerviosa, una sonrisa que no alcanzaba para nada a sus ojos claros. Se revolvió el pelo con frustración mientras caminaba en dirección al pequeño piso que compartía con Noa. No se hubiera imaginado, cuando la había conocido, que terminaría viviendo con ella y mucho menos que se marcharía en un sueño como el que estaban comenzando a vivir.

Las dos sentían algo por Corea, quizá por motivos diferentes. En su caso se había ido adentrando por la música, esa compañera que la había ido acompañando en todos los momentos de su vida. Como no podía ser de otra manera, se había cruzado con ella de casualidad. Una canción, que te llevaba a otra y a otra más, a un grupo y a otro grupo. Había estado en “contacto” con el mundo oriental mediante mangas y anime, pero no se había concentrado nunca, demasiado, en Japón.

Corea había sido un amor a primera vista. Pronto se interesó por la historia, por la cultura y por el idioma. En su cabeza y en su corazón siempre había estado el dicho de que un país se conocía precisamente por su idioma, puesto que era la llave para poder conectarse mejor con su esencia. Había comenzado a estudiarlo como podía, hasta que entre unas cosas y otras había terminado conociendo a Noa y ambas habían terminado yendo a estudiar a la Escuela Oficial de Idiomas. Eso solo había sido el comienzo, claro.

Ahora estaban a unas horas de coger un avión para dar el salto. Un año de beca de estudios en Seúl. A cualquiera que se lo hubieran dicho hubieran pensado que era una locura y sin embargo allí estaban. Su familia se había puesto en cierta manera en contra: era irse al otro lado del mundo y siempre había estado bastante sobreprotegida. Si ya el haber terminado en Barcelona para estudiar había sido un palo para ellos, irse a otro país, y a un país tan distinto, era algo que no terminaban de entender.

Tendrían que estar acostumbrados. Desde bien pequeña había sentido un tirón por todo el tema de las culturas orientales. Practicaba Aikido y Taekwondo desde que era una enana, había tonteado con el yoga y finalmente se había decantado por el Tai-Chi para esos momentos en los que necesitaba tranquilizarse. Mientras que a otras chicas les apasionaba pasarse horas y horas en el gimnasio, ella prefería hacerlo en el dojo o en la piscina.

Se acomodó la bolsa que llevaba al hombro y suspiró. Había sido bastante extraña la despedida. Sabía que en cuanto llegara a Seúl tendría que buscarse un dojo para seguir practicando. Era una promesa que había hecho a su maestro, le había presionado con ello. Sonrió ligeramente al recordar las palabras del hombre: “Porque estés lejos, no creas que no sabré lo que estás haciendo. Nada de tontear con chicos y perder el tiempo, tienes mucho que hacer todavía.”

Y eso que no le había dado nunca por ponerse a competir, más que lo justo y necesario. Había estado en alguna competición y exhibición, pero poco más. A ella le gustaba aquello porque le hacía concentrarse, le tenía en forma y enfocada en algo. Era toda una filosofía de vida y en cierta manera era por la que había guiado toda su vida.

El problema era que ni con toda esa fuerza de voluntad podía dejar de estar nerviosa. En el reproductor comenzó a sonar “Winds of Change” de Scorpions y una media sonrisa apareció de forma automática en sus labios. Se frotó ligeramente los brazos y siguió caminando. Al pasar por una cafetería entró para pedir dos cafés para llevar. Igual hubiera sido mejor pedir dos tilas, pero sabía perfectamente que esa noche no iban a pegar ojos, con tila o sin ella.

Silvando la melodía con la mirada al frente, la bolsa al hombro y dos cafés en sendas manos, pensó en todo el cambio que se venía encima. Pensó en el tal “Luffy” que era amigo de Noa y que se había encargado de buscarles un lugar dónde quedarse. Pensó en el curso intensivo que les tocaría hacer en el momento en el que llegaran a Seúl. También pensó en los lugares que le gustaría visitar y en las cosas que le gustaría hacer.

A veces se daba cuenta de que aquello era solo montarse castillos en el aire, pero al mismo tiempo… era mucho más real. Hacía unos meses solo era un “Te imaginas sí…” ahora era un claro “Cuando estemos allí tenemos que…”. Era un cambio sustancial en la forma de decirlo y las palabras tenían poder, estaba convencida de ello. Una sonrisa apareció en sus labios, manteniendo ese silvido en los labios mientras subía las escaleras que le llevaban hasta la que había sido su casa desde hacía un par de años, cuando Noa y ella habían decidido que era mejor estar en una casa juntas.

A pesar de la apariencia exterior del edificio y de esas escaleras de madera que crujían a cada paso que daba mientras subía, lo cierto es que era un piso que para dos chicas jóvenes era perfecto. Había sido renovado justo un par de meses antes de que ellas entraran, por lo que estaba nuevo y tenían todo lo que podían necesitar.

La llave entró en la cerradura y sonrió por un momento, al escuchar a través de los cascos a los que había bajado el volumen, el crujido que avisaba que alguien llegaba. Había sido una buena “alarma” y le había cogido cariño. Recordaba cómo al principio le había resultado molesto, pero ya se había acostumbrado. ¿Cómo sería el lugar que les había encontrado el amigo de Noa? Sentía curiosidad. Igual que su amiga había pasado bastantes horas delante de la televisión del salón donde solían ponerse los dramas que se bajaban para verlos con más comodidad.

Se acercó primero hasta la cocina para dejar los dos vasos del café y después se desvió hasta su habitación para dejar la bolsa de deporte. Estaba prácticamente vacía ya. Una especie de nostalgia la golpeó y negó para sí. No podía ser de esa manera, no podía aferrarse demasiado al pasado cuando tenía un futuro ahí, delante de ella, que tenía pinta de ser prometedor y lleno de aventuras.

Tras mover ligeramente los hombros como si de esa manera pudiera quitarse cualquier tipo de presión, salió de la habitación para dirigirse hacia la cocina rescatando las dos tazas de café y dirigiéndose después hacia la habitación de Noa.

—¡Voy a entrar! ¡Así que deja de magrearte con Lee Min Ho! No quiero encontraros en una situación indebida. — bromeó, había escuchado la exclamación de su amiga. Se acercó a la puerta para abrirla y asomarse al interior, llevando por delante la taza de café. — Creí que te vendría bien.

Solo a Dara se le podría haber ocurrido que un café en aquellas circunstancias era lo más acertado. Más nervios debido a la cafeína no sería una buena solución para nadie y sin embargo sabía que Noa lo recibiría con una sonrisa. A veces creía que tenían una especie de sexto sentido que les permitía comunicarse sin palabras: un gesto, una sonrisa, una mirada servía para decirse absolutamente todo lo que necesitaban. Suponía que eso era lo que hacían las buenas amigas, ¿no?

Ella no había tenido buenas amigas hasta dar con Noa, siempre se había llevado mejor con los chicos, quizá porque durante toda su vida había estado rodeada por ellos: desde el barrio donde se había criado, hasta los dojos donde había estado. Incluso en el colegio y en el instituto había conectado mejor con ellos. Muchas veces creía que era porque la reconocían como una igual, con todas las consecuencias tanto positivas como negativas que eso tenía.



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